miércoles, 15 de enero de 2014

¿QUÉ ES LA CIENCIA ARQUEOLÓGICA?

QUÉ ES LO QUE ENTENDEMOS POR CIENCIA
“La ciencia se ocupa de las cosas y nada más y la filosofía del nada más.”
Martin Heidegger.
El término ciencia procede del latín scientia y del verbo scio, refiriéndose ambos a un saber o conocimiento adquirido. Sin embargo no todo saber puede considerarse como científico puesto que un científico además de tener información adquirida por medio de la experiencia ordinaria debe saber explicar por qué los hechos son de una forma u otra. De hecho, lo que verdaderamente define a la ciencia es la experiencia entendida como experimentación y la aplicación de un método al estudio de la realidad a fin de contrastar empíricamente. La ciencia se basa en la comprobación y en la observación de los resultados con el objetivo de descubrir cómo se comportan las cosas observando el proceso desde el inicio y construyendo una experiencia de tal modo que muestre los aspectos que nos interesan conocer.
A propósito de esta escueta definición de ciencia cito a Popper en cuanto a su opinión sobre lo que denomina la ruta de la ciencia (Popper 1997: 257-262) y es que “el antiguo ideal científico de la episteme –de un conocimiento absolutamente seguro y demostrable- ha mostrado ser un ídolo. La petición de objetividad científica hace inevitable que todo enunciado científico sea provisional para siempre: sin duda, cabe corroborarlo, pero toda corroboración es relativa a otros enunciados que son, a su vez, provisionales. Sólo en nuestras experiencias subjetivas de convicción, en nuestra fe subjetiva, podemos estar «absolutamente seguros». (…) La ciencia nunca persigue la ilusoria meta de que sus respuestas sean definitivas, ni siquiera probables; antes bien, su avance se encamina hacia una finalidad finita –y, sin embargo alcanzable-: la de descubrir incesantemente problemas nuevos, más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más rigurosas.” Esa misma idea también la sostiene Kuhn respecto a los paradigmas y las revoluciones científicas, que no hay una meta a la que se acerque la ciencia, sino una reelaboración continua de marcos alternativos que permitan llegar donde otros no han podido antes.
Por otro lado, siguiendo con la definición de ciencia, estaría bien mencionar una cuestión que plantea, entre otros, Michael Ruse (2001: 22-23) sobre el hecho de que la ciencia sea importante para todos nosotros porque es uno de los elementos fundamentales de nuestra cultura. Habrá puntos de vista positivos y negativos respecto a la ciencia, pero ambas visiones tienen un origen cultural porque ésta se contempla de una determinada forma por parte de la cultura. Sin embargo, no todos podrán pensar lo mismo y se dispondría a debate la idea de si es la ciencia algo diferente y especial o un producto más de la cultura. Es en este debate donde llegamos a plantear la existencia o no de una realidad ajena a la voluntad del científico que se dispone a hacer su trabajo, pero como sigue incidiendo M. Ruse, incluso quienes creen en un mundo real defienden que la ciencia es una expresión de la relatividad profundamente arraigada en el hombre. Los científicos, sea cual sea su especialidad y su postulado teórico y/o metodológico, forman parte de la cultura y contribuyen al enriquecimiento de ella a través de su labor.
Independientemente de si se trata de una parte de la cultura o no, podemos definir a la ciencia como un conjunto de conocimientos adquiridos de forma empírica a través de la experiencia entendida como experimentación y en base al resultado de la aplicación de un método con el fin de contrastar continuamente nuestras deducciones y resultados con la realidad. La ciencia, en este sentido, se fundamenta en una lógica de investigación encaminada a elegir un método que nos permita comprobar y observar los resultados, hecho que dependería de la meta que eligiésemos, siendo lo ideal optar por aquello que nos garantice
mejor y de forma más completa poder contrastar tanto nuestros enunciados científicos como nuestros resultados. De este modo hablamos de un complejo conocimiento empírico en continua construcción y reconstrucción en base a una transformación cualitativa y cuantitativa por su infinita e incansable labor de explicar la realidad y afrontar las cuestiones que ésta plantea. Nunca se está más cerca o más lejos de esa realidad, sólo más o menos seguros de que la explicación expuesta se ajusta con mayor o menor certeza, a través de la contrastación y posterior corroboración, a los problemas que ésta presenta.

DOS VISIONES CONTRAPUESTAS SOBRE LA NATURALEZA DE LA CIENCIA
Karl Popper y Thomas Kuhn han ejercido una gran influencia acerca de la discusión filosófica sobre la naturaleza de la ciencia, dos visiones contrapuestas. Cada uno sostiene que en la base de la ciencia existe una percepción de la realidad determinada, basándose en la premisa de la aceptación de una única verdad o varias verdades, es decir, que la ciencia pueda generar y acumular conocimiento independientemente del científico y todo lo que le rodea o no. Aparte de ello, ambos han aportado interesantes visiones sobre el proceso de investigación científica y la historia de la ciencia, respectivamente. Lo que sí mantienen en común es la idea de que la ciencia responde a un proceso dinámico.
Karl Popper era un objetivista que defendía la existencia de una realidad ajena a nosotros. Con ello quería decir que la ciencia es independiente del tiempo y del espacio donde se sitúe el investigador, de modo que contando con los mismos datos se llegarían a las mismas conclusiones. Popper planteaba una visión objetivista asumiendo de partida la independencia de un mundo real respecto al científico que se acerca a su conocimiento porque es cuando en su análisis se olvida de todo su bagaje cultural previo por crear ruido en su reflexión. En este sentido habla de objetividad científica frente a convicción subjetiva.
Dice K. Popper (1997: 57) que las ciencias empíricas son sistemas de teorías y que la lógica del conocimiento científico puede describirse por tanto como una teoría de teorías, “las teorías son redes que lanzamos para expresar aquello que llamamos «el mundo»: para racionalizarlo, explicarlo y dominarlo.” Las teorías científicas son enunciados universales, son el instrumento principal del científico porque tratan de trazar un mapa sobre las regularidades que rigen la realidad a través de hipótesis. Dichas hipótesis quedarían erigidas temporalmente en axiomas dentro de un sistema deductivo de tal modo que los demás enunciados pertenecientes al sistema teórico pudieran deducirse a partir de ellos por medio de transformaciones puramente lógicas o matemáticas (Popper op.cit.). Sería a través de estas afirmaciones de base empírica como la ciencia se abre a la contrastación y al arbitrio de la naturaleza física. Así, Popper veía la ciencia como un proceso dinámico donde nunca se empieza de cero y donde nunca se tiene la total certeza de haber llegado a la verdad, sólo comprender con mayor precisión la realidad –otra manera sería estar convencido de ello, cayendo en la subjetividad. Por ello hablaba de una lógica porque es la que entra en juego a la hora de sistematizar o poner a prueba las hipótesis.
Thomas Kuhn asume en su obra La estructura de las revoluciones científicas (2001) la existencia de paradigmas como la visión subjetivista de un grupo de investigadores ya que se establecen en un momento dado y perviven hasta que se desmoronan. Para los subjetivistas las condiciones y circunstancias de cada investigador influyen tanto en la pregunta como en la respuesta que cada uno esté dispuesto a asumir, ello hace que se perciba de forma diferente la realidad entre unos y otros al aceptar de partida que puede haber tantas realidades como observadores haya. Por esa misma razón Kuhn reivindica un papel para la historia ya que el científico no puede desprenderse de su contexto y sus valores morales puesto que estos le influyen y estructuran su propia realidad.
La ciencia que no tenga paradigma es una ciencia inmadura porque es en el marco de cada paradigma donde se establecen reglas, se determinan objetivos y se marcan límites dado que cada paradigma es incuestionable porque nada existe fuera de su marco. Sin embargo, no se pueden dejar de lado eternamente las cuestiones por resolver que van surgiendo en el seno de cada uno, abundan anomalías –como las denomina el propio Kuhn-, y hay que hacer frente a éstas porque el paradigma va perdiendo fe en su capacidad resolutiva respecto a la comunidad científica. Por lo tanto, los paradigmas no sólo resuelven problemas que no se sabía cómo abordar sino que pretenden abarcar otros muchos por vías similares y ponen en marcha su ejército de científicos de manera coherente. Cuando un campo de investigación se halla en dificultades es frecuente que la solución se le ocurra a un joven o a un recién llegado sin un fuerte vínculo con el viejo paradigma y propone uno nuevo al resolver o evitar las dificultades del anterior.
En ello se observa que la visión de Kuhn sobre la ciencia es marcadamente internista ya que lo primordial es avanzar en la resolución de los rompecabezas que se plantean en cada paradigma aunque para poder seguir abordando esa tarea en ocasiones se imponga transformar completamente la ontología y los marcos lingüísticos que la expresan, llevando definitivamente a la sustitución de unos conocimientos sintéticos a priori por otros. La idea darwiniana de Kuhn es que no hay una meta a la que se acerque la ciencia, sino una elaboración continua de marcos alternativos que permitan hacer lo que no era posible en la tradición (paradigma) dominante. Los cambios inducidos por los paradigmas no muestran patrón alguno de progreso ni dirección porque se aspira a alcanzar la verdad o la realidad, pero estemos cerca de lograrlo o no nunca lo sabremos porque no hay una entidad intermedia entre ambos que nos lo diga. Tampoco hay carácter acumulativo y continuista debido a que dar el paso revolucionario implica perder una buena parte de nuestra capacidad anterior de resolver problemas.

LOS VALORES CIENTÍFICOS
Habiendo planteado la doble visión que se tiene sobre la realidad, objetiva o subjetiva, así como lo que dos de sus más emblemáticos respectivos representantes dicen sobre la naturaleza de la ciencia, cabría proseguir ahora con el debate entre objetividad y subjetividad y cuál de ellas encaja mejor con nuestra definición de ciencia. Sin embargo, como comenta M. Ruse (2001: 46) hay que plantearse una seria cuestión en este sentido sobre si “¿obedece la ciencia a ciertas normas o reglas desinteresadas, diseñadas para ofrecernos –o garantizarnos- una explicación de algún aspecto del mundo real, o acaso es un reflejo de las preferencias personales, de los aspectos de la cultura que más aprecia la gente? En otras palabras, es un debate sobre intereses: el anhelo de (y la devoción a) la verdad objetiva en oposición a una aceptación de (los científicos dirían un «regodearse en») lo subjetivamente social.” Hablamos por lo tanto de los valores de la ciencia, aquellos en los que se basan los objetivistas, puestos en contraposición a los valores morales y culturales de los subjetivistas. E. Mcmullin en 1983 publicó «Valores de la ciencia» promoviendo el carácter de ésta como verdad incuestionable de conocimiento de nuestro mundo. Son estos valores los que nos permiten eliminar diferencias entre científicos de distintos países y distintas épocas.
1. PRECISIÓN PREDICTIVA: capacidad para predecir lo que nos encontraremos en lo desconocido. Una hipótesis, resultado o teoría científica tendrá virtud si acierta en sus predicciones. Popper (1997: 57-58) alude al respecto al principio de causalidad diciendo que “el «principio de causalidad» consiste en la afirmación de que todo acontecimiento, cualquiera que sea, puede explicarse causalmente, o sea, que puede deducirse causalmente.” Las condiciones iniciales describen la causa y la predicción describiría el efecto. Para eso mismo se construyen las teorías, para racionalizar, explicar y dominar el mundo y más concretamente el porqué de las cosas.
2. COHERENCIA INTERNA Y CONSISTENCIA EXTERNA: las partes de una teoría no pueden ser mutuamente contradictorias ni entrar en conflicto con otras teorías de gran alcance. Que un sistema teórico esté exento de contradicción tanto a nivel interno como respecto a otros es uno de los cuatro requisitos fundamentales que menciona Popper (1997: 69) sobre la axiomatización de tales sistemas teóricos para que fuese posible así investigar la dependencia mutua de sus distintas partes.
3. PODER UNIFICADOR: capacidad para poner en común bajo un mismo marco reflexivo áreas de conocimiento distintas y que se mantenga el principio mencionado anteriormente de coherencia interna y consistencia externa.
4. FERTILIDAD: posibilidad de realizar preguntas y predicciones novedosas que no formaban parte de las explicaciones originales, siendo ésta una habilidad de innovar y contrastar hipótesis. La fertilidad tiene que ver con la predicción y va más allá porque permite contrastar por medio de la falsación y así aportar novedades corroboradas.
5. FALSABILIDAD POPPERIANA: contrastar tal hipótesis y demostrar si es posible corroborarla o desecharla. La falsabilidad es quizás la más importante aportación de K. Popper en su obra La Lógica de la investigación científica (1997: 75-88) asumiéndola como un criterio del carácter empírico de un sistema de enunciados. Asumiendo que no existe una verdad absoluta, definitiva, podemos decir que una teoría hace afirmaciones únicamente acerca de sus posibles falsadores (afirma la falsedad) y diríamos por tanto que una teoría está falsada si hemos aceptado enunciados básicos que la contradigan. La contrastación de teorías las expone a la falsabilidad y la corroboración nos dice si han pasado o no por ese filtro.
6. SIMPLICIDAD, ELEGANCIA: sensación de que una teoría tenga atractivo sobre otras –hay objetivistas que no están de acuerdo con esta teoría. Para la historia, si dos hipótesis que explican un fenómeno están agrupadas por el mismo número de datos se elegiría la menos parsimoniosa. En este sentido K. Popper (1997: 128-136) habla de la sencillez, no en cuanto a su carácter estético o pragmático sino respecto al concepto epistemológico de sencillez por la ventaja lógica que daría la ley más sencilla respecto a la más complicada.

UN LUGAR PARA LA ARQUEOLOGÍA EN LA CIENCIA
Lo que diferencia a la Arqueología de las llamadas ciencias exactas es la existencia de axiomas fundamentales y poder arrojar luz a las hipótesis mediante observación, experimentación, repetición y contraste. Aunque todas las ciencias tengan como fin conocer la verdad de las cosas existen enfoques y aproximaciones distintas, tal es el caso de la Arqueología, que tiene un objetivo final de naturaleza cronológica fundamentándose en la cultura material que han dejado sociedades y culturas pasadas. Matthew Johnson (2000: 64) recopila las objeciones más sonadas en relación a la atribución de la Arqueología como ciencia, las cuales argumentan que la ciencia se basa en la comprobación y en la observación de resultados y nunca podremos observar el pasado directamente ya que los seres humanos son únicos e impredecibles y sus acciones sólo pueden explicarse por referencia a sus ideas e intenciones –que no tienen entidad física, por lo que no pueden observarse ni medirse y la interpretación arqueológica sería de naturaleza hermenéutica y no de naturaleza científica. Además, como apunta B.C. Trigger (1992) “la imagen más popular de la Arqueología es la de una disciplina esotérica sin ninguna relevancia para las necesidades e inquietudes actuales.”
En respuesta a tales dudas sobre la cientificidad de la Arqueología, ésta es la ciencia que mejor puede contribuir a la comprensión general del comportamiento humano a través de la información que va recogiendo sobre los cambios que tienen lugar durante largos períodos de tiempo y comparando diferentes secuencias arqueológicas intentando comprenderlas como evidencias de unas sociedades que sufrieron cambios a través del tiempo. La Arqueología descubre diacronías y sus hallazgos han alterado la percepción que la humanidad tiene de su pasado, de su relación con la naturaleza y de su propia naturaleza. Una percepción irreversible si no se abandona el método científico por completo. La Arqueología por tanto, como ciencia, debe conseguir que sus explicaciones sean de lo más verosímiles posibles con los datos arqueológicos porque, como apunta M. Johnson (2000: 57) “si los arqueólogos no disponían de medios seguros para evaluar hasta qué punto sus argumentos eran válidos, era natural que mirasen cómo lo hacían los científicos con la naturaleza.”
¿Por qué toda esta parsimoniosa explicación de ciencia hasta llegar aquí, a plantear el lugar que le corresponde a la Arqueología como ciencia? En primer lugar porque estamos menos seguros de lo que parece sobre lo que significa realmente ciencia y lo que ésta trae consigo. En segundo lugar, negarse a hablar de ciencia respecto a la Arqueología es considerarla falta de rigor, sistema y método y eso es algo erróneo. En tercer lugar, en Arqueología al igual que en otras ciencias, no se aspira a conocer verdades irrefutables sino a elegir la mejor entre varias hipótesis posibles contrastándolas con los datos empíricos y la experiencia adquirida por el científico en su labor y en su formación. En cuarto lugar, la Arqueología posee un objeto universal y un método que incluye la formulación y contrastación de hipótesis apoyándose en el carácter material de muchos de sus datos, extraídos por medio de unas técnicas que ha ideado para tal efecto.
De este modo definimos a la Arqueología como la ciencia que estudia el pasado del ser humano en su dimensión social y cultural a partir de sus restos materiales, que además pueden combinarse siempre con otras fuentes de datos a fin de aportar un conocimiento lo más amplio y completo posible de su objeto de estudio. Cualquier época puede ser objeto de estudio de la Arqueología así como cualquier cultura, región o cualquier otro aspecto que tenga una proyección material tal que permita a esta ciencia desarrollar un proceso de investigación científica concreto. La Arqueología dispone de un marco teórico con el cual plantea una serie de enunciados formales a tenor de su objeto de estudio y se vale de las técnicas para extraer los datos con los que, a través del método deductivo, poder corroborar sus hipótesis y contribuir así a un dinámico proceso de retroalimentación con el que construye conocimiento sobre el pasado.

BIBLIOGRAFÍA
KUHN, THOMAS S. (2001) [1962]: La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica.
JOHNSON, MATTHEW (2000): Teoría arqueológica. Una introducción. Barcelona: Ariel Historia.
McMULLIN, ERNAN (1983): Values in science, Proceedings of the Biennial Meeting of the Philosophy of Science Association 1982, Vol. 2: 3-28.
POPPER, KARL R. (1997) [1934]: La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos.
RUSE, MICHAEL (2001) [1999]: El misterio de los misterios ¿Es la evolución una construcción social? Barcelona: Tusquets.
TRIGGER, BRUCE G. (1992) [1989]: Historia del pensamiento arqueológico. Barcelona: Crítica.